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El abrazo: La medicina que llevas en los brazos.

Abrazar es innato en el ser humano. No lo aprendemos, lo traemos puesto. Desde que nacemos buscamos el contacto, el calor, la cercanía de otro cuerpo que nos diga sin palabras “estás a salvo”. El abrazo es una de las formas más primitivas y profundas de conexión humana.


Y aunque parezca solo un gesto, detrás hay una verdadera orquesta en el cuerpo, ya que se activan redes del cerebro, se liberan neurotransmisores, baja el cortisol (la hormona del estrés) y aumenta la oxitocina, la hormona del vínculo y la calma. Dicho simple, el cuerpo se relaja, y cuando el cuerpo se relaja, la mente también puede hacerlo.

Por eso no es exagerado decir que el abrazo e

s una forma de medicina natural.


Desde la psicología sabemos que un abrazo puede:

·         Reducir el estrés y la ansiedad

·         Aumentar la sensación de seguridad y pertenencia

·         Fortalecer los vínculos emocionales

·         Mejorar el estado de ánimo

·         Ayudar a regular el sistema nervioso en momentos difíciles

Un abrazo no siempre soluciona lo que duele, pero sí cambia el estado interno desde donde lo enfrentamos.

Ahora bien, algo importante, no todos los abrazos son para todos ni en cualquier momento. El contacto sano “respeta límites”. Un abrazo verdaderamente terapéutico es consentido, cuida el espacio personal y acompaña sin invadir.


Y aquí viene una pregunta clave, ¿Qué pasa cuando no hay nadie para abrazar?

Ahí entra un recurso igual de valioso y muchas veces subestimado, “él autoabrazo”.

Abrazarte a ti mismo —cruzar los brazos sobre el pecho, sostenerte con suavidad, poner una mano en el corazón y otra en el abdomen, envolverte en una manta, no es solo un gesto simbólico. Tu sistema nervioso también recibe señales de seguridad. Este autoabrazo puede calmar la ansiedad, reducir el estrés, ayudarte a regular emociones intensas, además de fortalecer la autocompasión.


¿Es lo mismo que un abrazo de otra persona? No del todo. El abrazo de otro añade la experiencia del vínculo, de sentirte sostenido por alguien más. Somos seres sociales y nuestro sistema nervioso se regula mejor en conexión.

Pero aclaremos, no son opuestos. Se complementan. El abrazo de otro nos recuerda que no estamos solos, mientras que él autoabrazo nos enseña que también podemos ser nuestro propio refugio.


Así que hoy te dejo esta “receta” simple y poderosa, prescribe abrazos en tu vida. Abraza a quienes amas. Acompaña con un abrazo cuando alguien lo necesite. Y cuando no haya nadie cerca, no te abandones, abrázate tú.

Así que abracen diario. Abracen mucho. Y no dejen de abrazar. Porque, a veces, el abrazo que más sana es el que recibes… y otras veces, es el que aprendes a darte.

 

Psic. Sara Vega

 
 
 

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Psic. Sara Vega Ramírez

Ced. Prof. 13169745

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